Opinión

La sociedad mediocre

José Mármol

Peter Handke, Premio Nobel de Literatura 2019, mostró en uno de sus brillantes ensayos lo que significa la sociedad del cansancio. Byung-Chul Han, quien pese a sus orígenes surcoreanos piensa y escribe en alemán, tomando el modelo de Handke, evidencia lo insufrible de lo que, respecto del mundo actual y su giro tecnológico, llama sociedad de rendimiento, sociedad neuronal, sociedad de dopaje o simplemente enjambre de la delirante hiperconectividad.

Con Alain Deneault y su enjundioso ensayo titulado “Mediocracia. Cuando los mediocres toman el poder” (Turner, 2019) podemos hablar de la vigencia de una sociedad mediocre en la cual, antes de evitar la estupidez, de lo que se trata, más bien, es de exhibirla como astucia, de adornarla con aparente revestimiento de poder; aunque, por desgracia, sus efectos no son un espejismo, sino esperpénticos y reales.

Nos avergonzamos, nuevamente, por los resultados de la prueba PISA 2018 efectuada a estudiantes de escuelas públicas y colegios privados, situados en los 15 años de edad, que evidencian el estancamiento en un deseado cambio de la calidad de los aprendizajes en nuestro sistema educativo, especialmente en lengua materna, matemática y ciencias naturales.

La medición de la calidad profesional de los maestros, por cuanto es un coto cerrado de la ADP, que como todo lo suyo se maneja a su tribal antojo y coyuntural conveniencia político-partidaria, no pasa de ser una farsa en la que supuestos resultados de excelencia se caen de la mata a borbotones.

Pero, si tuviéramos algún recurso para medir el producto generado por nuestras universidades, con excepciones muy contadas que confirman la regla, entonces nuestra decepción podría ser todavía mayor.

Una formación básica mediocre, que atiborra aulas universitarias mediocres, a las que se llega sin ninguna prueba de admisión, cosa normal en más de medio mundo civilizado, da como resultado profesionales mediocres que son los que aspiran y en buena medida llegan a dirigir instituciones públicas, posiciones de empresas, emprendimientos y liderazgos sociales, y a desempeñar funciones en oficios y actividades liberales. He aquí la sumisión, sobradamente eficiente, al resultado tendenciosamente malo, pero estandarizado, a que nos obliga la sociedad de la mediocracia. Enseñar ya no equivale a emancipar.

El axioma silogístico nos demuestra que cuando se parte de premisas falsas (mediocres) las conclusiones han de ser ineludiblemente falsas (mediocres).

La sociedad mediocre estimula el oportunismo como recurso de ascensión profesional y social. La cadena de mando del poder degradado está mejor engrasada si las órdenes las cumplen los mediocres.

Así se apartan los granos de arena de la intelectualidad, que molestan la fluidez del sistema y su aceitada cadena de montaje.

La mediocracia es radical y rabiosamente excluyente. Airea como espectáculo su tufo dictatorial. El recurso del “lobby” ha reemplazado la aventura del pensamiento. La acción social ha sido reducida al tono medio que imponen el lenguaje tecnocrático y el medio digital.

El discurso académico estructurado y conceptual, otrora crítico, ha sido desbordado por el oportunismo y el populismo conformista, que siguen el juego de la medianía estandarizada.

El debate, como fundamento de la sociedad democrática bienpensante, ha sido mandado a guardar.

Vivimos la obsolescencia neonatal de las ideas innovadoras, disruptivas. La duda mediocre, que no es la duda metódica cartesiana, escalda sus cimientos hasta disolverlos.

La mediocracia ha corrompido a la sociedad, porque, como nos advirtió el viejo Aristóteles, hay corrupción, no solo cuando algo se modifica, sino, peor aun, cuando algo se transforma tan profunda y radicalmente, que ya es imposible reconocer su auténtica naturaleza; cuando la modificación es tal que se pierden sus elementos permanentes.

El ensayo de Deneault concluye invitándonos a ser radicales en la aportación al cambio.

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