Una peste de la hipermodernidad

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José Mármol

Hemos hablado con frecuencia sobre las innovaciones derivadas de la revolución industrial, la revolución tecnológica, los avances científicos y el apogeo del medio y la cultura digitales; también, del predominio de la visión online sobre la visión offline y los hábitos de pensamiento y vida ceñidos a ella.

Nos hemos enorgullecido y, a veces, resentido por los alcances de la llamada era del conocimiento, de la disrupción digital, de la vida virtual en el ciberespacio, que a muchos les insufló la idea de que podían regodearse en su rincón solitario y descartar la necesidad del cara a cara, del reencuentro con el otro, con el alter ego que imprime sentido al acto de vivir.

Sin embargo, ¡oh sorpresa!, de China nos llega el coronavirus causante de la enfermedad Covid-19, y con su irrupción silente y letal, nos fuerza a una nueva y urgente transformación en la manera de ser productivos, impulsando el teletrabajo y el tiempo laboral flexible; el modelo de educación, ahora privilegiando el recurso de plataformas digitales y tareas en casa; el confinamiento sanitario y distanciamiento social, entre otras recomendaciones que han provocado un giro impensado en la vida pública, privada e íntima de los individuos, las familias, los grupos sociales y las naciones de la hipermodernidad. Y más dramático aun, el hecho de que este coronavirus ha venido desafiando durante meses el estatuto y autoridad de la ciencia frente a la naturaleza y amenaza con destruir los cimientos de la economía, sin que le importen un bledo el modo de producción y el sistema político predominantes, sean comunista, socialista, populista de derechas, populistas de izquierdas, bufones y payasos demagogos, capitalistas clásicos o neoliberales radicales.

Lo cierto es, que este mundo tan sofisticado, que le había dado la espalda a la naturaleza, para construir una civilización artificial, de cimientos desechables y con caducidad programada, hoy está de rodillas frente a un enemigo desconocido, silente, invisible, peligroso y mortal; que reta por igual a países ricos y pobres, a clases sociales altas y bajas, a niños, jóvenes, adultos y ancianos, encontrando en estos últimos el reducto humano más vulnerable.

Hoy, precisa y paradójicamente, cuando los argumentos del poshumanismo y el transhumanismo vienen enarbolando hallazgos de la tecnociencia y la biogenética, que podrían perfeccionar y mejorar la vida humana, además de prolongarla hasta vencer el insondable misterio de la muerte.

Ella, la parca, ahora se avalancha sobre las sociedades, más aun sobre las del primer mundo para, disfrazada del coronavirus, mostrarnos el mutante poder de su morbilidad y los dantescos escenarios de su mortalidad.

Un mundo de rodillas ante esta emergencia sanitaria sin precedentes en la hipermodernidad clama por la solidaridad que habíamos tirado por la borda, por el amor a la vida que habíamos destrozado con bombas nucleares y armas bacteriológicas masivas, con terrorismo fundamentalista y con genocidios xenófobos, religiosos o ideológicos, con discriminación, exclusión e injusticias.

Un mundo, arrodillado ahora, ante la soberbia de su propia arrogancia, clama por reconocer la importancia de la vida familiar, de la convivencia barrial, del tiempo del ocio para acariciar las mascotas, leer un libro, hablar a amigos y parientes por videollamadas, apreciar el silencio de las noches, aun con con toque de queda e implorar porque la curva de contagios en todo el mundo dé alguna tregua y empiece a bajar, como un débil, pero esperanzador signo, de la definitiva victoria de la vida.

Porque ahora importan los humanos que meses atrás, todavía, nos parecía que habían perdido relieve existencial.

El imperativo ahora es resistir en casa, repensar la vida, reformar el mundo. Siendo solidarios y conscientes, venceremos esta catastrófica plaga hipermoderna.