Por: José Mármol

Santo Domingo-En este mundo volátil en que debemos impulsar nuestras estrategias de vida, el poder, cuando es más eficaz, cuando actúa más en favorecer un sí mismo que se continúa en la voluntad del otro, parece que brilla por su ausencia.

Una frase muy común en el lenguaje ordinario o coloquial.

Pero, también,un corolario de Han en su ensayo titulado “Sobre el poder” (2016), que apunta hacia el hecho de que es más asertivo el complejo fenómeno del poder que ejerce el soberano en la medida en que menos lo advierte el súbdito.

Se trata de la sutileza de su despliegue. El poder se oculta a plena luz.

El poder es más sinuoso y oscuro en la superficie de la transparencia. Y es tan evidente, que ni siquiera puede ser advertido, aunque se lo padezca en la cotidianidad vital o en las decisiones de orden económico, social, cultural y político.

El poder circula como el aire y su lógica y su sentido se revisten de derecho adquirido y de libertad. Su afición ortopédica o normativa apunta más hacia el espíritu o el alma que hacia el cuerpo, porque en la cultura patológicamente consumista, lo que interesa es convertir al sujeto y su vida en epifenómenos del consumo.

Esta forma de poder no se hace más eficiente por la coerción o la violencia, sino, más bien, porque se vuelve costumbre, porque se desliza suavemente en los hábitos presuntamente necesarios.

No precisa de organizaciones aplastantes ni de aparatos ideológicos estatales, como en Althusser.

Por el contrario, procura legitimarse en los intersticios del tejido social institucional, de manera que su despliegue se disfrace de inalienable derecho y de conquista social, cuando en realidad, está al servicio de las estrategias de dominio de quienes lo controlan todo y diseñan el curso de los acontecimientos.

De ahí que en su ‘modus operandi’ en la posmodernidad, y en efecto, por mor de esa propiedad contemporánea de la licuefacción de todo lo material y lo espiritual, el poder como libertad y el poder como coerción no sean antagónicos. No hay ni verticalidad ni asimetría mecánica en la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, cuando se la mira desde esta perspectiva porosa y etérea, pero no por ello menos fecunda, práctica y redituable de la dinámica del poder, tanto para quien lo ejerce, como para quien lo padece.

Lo que los diferencia es el grado de intermediación. Pero, en la coerción como opresión y en la libertad como elección ocurre la manifestación distinta de un mismo o único poder.

Si la intermediación, en tanto que espacio de concreción de las relaciones de poder, es rica en maniobras, polisémica y versátil en su despliegue, entonces, el poder es ejercido como libertad.

Por ejemplo, la democracia y su infinita vocación de perfectibilidad o falencia recurrente, para lo cual los políticos y líderes imploran a la población, cada vez más empoderada y vigilante, mayor espacio de permisividad e impunidad legitimadas. Las revisten, eso sí, de consenso emanado de los poderes fácticos que controlan.

Si la intermediación se vuelve pobre en sus argumentos discursivos y en su práctica cotidiana, el poder deriva en violencia o coerción.

Por ejemplo, la represión ideológica y militar o paramilitar en los regímenes totalitarios y en las dictaduras de partido único disfrazadas de revoluciones democráticas o populistasy despóticas, con asfixia y dominio de los poderes públicos, en nombre de un pueblo oprimid y hambriento, que engrosa cada día las filas del exilio político o la migración económica.Está más presente, cuando brilla por su ausencia, el poder.