Estremecedora muerte del expresidente Alan García

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Por: Rafael A. Escotto

«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde ladrones minan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón […] Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón». Mateo 6:19, 21,24.

La inmolación del expresidente de la República del Perú, Alan García, mientras cumplía prisión domiciliaria por su supuesta vinculación en los actos de sobornos de Odebrecht, es una muerte dolorosamente deplorable y aleccionadora para quienes podrían venir detrás en otras partes del mundo. Ella, la muerte, representa tristemente la caída de un ser humano que se desvió del camino de la ética y de la verdad, al poner delante de sus ojos la codicia, como nos recuerda Eclesiastés 5:10.

Sin lugar a duda esta muerte lamentable, penosa por la forma en que decidió terminar el exjefe del Estado peruano con su vida, un hombre que lideró en una época la política latinoamericana y el partido Aprista.

Esa acerba resolución de quitarse la vida ocurre en momentos en que una persona llega a reconocer que en algún instante de su vida ha violado su propio honor. Este sentimiento se convierte en una especie de martirio psicológico que martilla su conciencia culpable al reconocer tardíamente que ha violado normas morales protegidas por un sistema ético que se viola a sí mismo animado desde lo más oscuro de la corrupción internacional y de la descomposición moral que vive el Estado peruano.

Es tan grande y pesado el fardo del pecado que el sujeto entra en un estado de abatimiento tan horroroso que su mente se desarticula y pierde su capacidad de discernimiento y lo que sube a su cerebro es la inmolación. Como le sucedió a Judas Iscariote, quien mortificado y angustiado por haber entregado a Jesús a sus enemigos se ahorcó impulsado por un estado de depresión profunda.

Algunos dominicanos de mente presurosa no alcanzan a diferenciar que las muertes del expresidente del Perú Alan García y la del expresidente de la República Dominicana, don Antonio Guzmán Fernández, no tienen las mismas connotaciones morales.

El expresidente dominicano se suicida el 4 de julio de 1982, quizás por la infamia de una mente calenturienta de alguna persona llena de falsedades, acostumbrada a las exageraciones y a simular valores morales imposibles de poder sustentar ni siquiera con un examen  constituido por individuos deshonestos.

Frente al sarcófago  de don Antonio un charco de lágrimas se acumuló frente a aquel cadáver que descansaba impasible. El pueblo lloró amargamente su deceso, como si se tratara de la muerte de un rey de la estirpe de Heracles, el hijo de Zeus o de Leónidas caído de muerte en defensa de las Termópilas contra el avance del ejército persa comandado por Jerjes I.

El pueblo peruano ante esta muerte de Alan Gabriel Ludwig García Pérez, tan trágica, tan inesperada y tan sentida por tratarse de un abogado, orador y político, quien con el encanto de un jilguero sedujo grandes masas, debe meditar sobre esta muerte para evitar que la insalubre corrupción de Estado que ha absorbido el sistema político peruano sea eludido y desterrado de la competición electoral.

Con su elocuencia al estilo de Tucídides, héroe del Peloponeso, el hijo del pueblo de Lima ascendió por primera vez un glorioso 28 de julio de 1985 al solio presidencial de su país llevando en su pecho erguido el escudo del Perú, símbolo nacional heráldico de la patria de José de San Martín y de Pachacutec, uno de los héroes legendario del Imperio inca.

Es posible que Alan García, atraído por la acumulación del dinero, como otros gobernantes y funcionarios de gobiernos de Latinoamérica y el Caribe, confiado en el poder político y en la dispensa que le da el ser cabeza de gobierno, olvidara ciertas reglas de recato y de ética que todo gobernante está llamado observar.

Es probable que otros gobernantes y funcionarios ligados, directa o indirectamente, a la corrupción montada por Odebrecht en Latinoamérica decidan seguir en algún momento el camino desgarrador del suicidio fatigado por la humillación y la deshonra social que se manifiesta en el interior de la integridad individual que afecta el buen nombre de la familia.

Una carta absorbiéndose asimismo de una culpabilidad de un hecho que pudo muy bien ser probado con firmes argumentos defensivos fue escrita por el abogado y político peruano fallecido bajo el fuego del desconcierto mental y de una terrible angustia que invadieron su inconsolable alma al no hallarle otra salida a su vida conmovida y atrapada por la vergüenza y el nerviosismo.

No se le puede aplicar carencia de valor a esta desgraciada decisión, lo que debemos pedirle al Todopoderoso antes de llegar a una determinación tan  cruel consigo mismo es que nos dé fuerza de voluntad  para no dejarnos llevar por las trampas que el demonio le  pone al hombre en el camino para que contravenga  las  normas de honradez y de decoro social que deben de ser respetadas.

Paz al alma de este peruano que extravió en algún momento la grandeza que representó su vida para el Perú, mientras Odebrecht no asomó la perversidad de sus intenciones de corromper los estados con sus desgraciadas ofertas de sus sucios negocios políticos y financieros.