Él lo tuvo todo.

0
197

Por: Ing. Leo Sanchez

Santiago-Él lo tenía. Era también azul como el de Pepe, pero tenía puertas de varios colores, y también un par de guardafangos de colores diferentes con manchones de ferré.

Era un “tutifruti” ¡Fabu! Y él se sentía que alcanzaba las estrellas porque no tenía que ir a la oficina de su jefe con nombre judío, y a la universidad, en transporete público. Ademas, cuando salía del barrio acelerando su humeante “tutifruti”, sentía la briza que entraba por la ventanilla como un presagio  de que las cosas le iban a cambiar si se mantenía enfocado y demostrando su capacidad para hacerse entender por los demás. Se bebió los cursillos de El Profesor. Y sus lisonjas le condujeron a superar a varios rectores que competían con él por la preferencia “del viejo”. Aquellos, y otros más, fueron a formar parte de la relegada “guardia vieja”, dinosaurios que sólo servían de caja de resonancia, igual que ahora.

El también tuvo un gran apoyo del pueblo.

Sabía que podía vender sus sueños de democracia, desarrollo y crecimiento económico para toda la sociedad, aunque fuera una vulgar mentira. Sólo tenía que mantener su discurso y adornarlo con ideas frescas que iba a conseguir en los libros que planeaba leerse, mientras los demás poco leían o no lo hacían del todo y sólo repetían lo que veían el la tele o leían el la prensa escrita. También se agenció un perico, como un viejo pirata cojo, que llegaría a gastar la palabra desarrollo mientras trataba de demostrar sus análisis económicos desde una óptica salpicada de química con una deslumbrante sonrisa. Este tampoco se creía toda su “bull shit”, pero la decía.

Sabía que tenía la ventaja de la palabra fácil, y sabía también que tenía que conectarla con un discurso que fuera “bonito”, que les gustara a los hombres y a las mujeres, y que los jóvenes pudieran verse reflejados en el mismo, pero que, sobre todo, no lo entendieran, que lo creyeran único y mesiánico. Porque además, él también era joven y podía sentirse conectado a esa juventud que de asuntos políticos no sabía nada o casi nada al haberse quedado huérfana cuando el marxismo naufragó en su propio éxito propagandístico y se iban a deslumbrar con tantos conocimientos, aunque no los entendieran. Tenía que ser un asunto de fé ciega.

Y halló el momento ideal cuando se encontró a la sombra prolífica del viejo caudillo. Y se hizo el alumno más aventajado del viejo profesor, simulando que siempre sería su mentor, líder y guía. Sabía fungir. Y lo hizo con maestría.

Mientras era asistente en el bufete del abogado de los isquierdistas, iba a los lugares donde el abogado asesoraba, y muchas veces tenían que ayudarle a “tirar” su “tutifruti” porque casi nunca encendía por el arranque. Siempre buscaban un “bajadita” cercana para que la gravedad ayudara a arrancar el saborizado medio de transporte procurando no ensuciar el gastado traje gris tan marchito y ajado como el “tutifruti”.

Llegó a tener un discurso estusiasta y esperanzador. Todos le auguraban un gran futuro. Lo tenía.

Se “manejaba” al influjo del Foro Económico Mundial, del Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo. El Internet lo hizo el tuerto del país de los ciegos. Y pudo pontificar, y pontificó llenando las reuniones de cifras que sólo él “manejaba y entendía”. Los piratas buscadores de comisiones  de “las instituciones internacionales” ya eran sus amigos. Con ellos le cogió el gusto al Protos Gran Reserva y a las langostas que le harían olvidar el mabí y las frituras de  “Villa”.

No se sabe en que momento todo cambió y se infectó con el virus del neoliberalismo. Era la corriente del momento en el “Consenso de Washington”. Trialogaba con mucho entusiasmo hasta que, poco tiempo después, cuando tuvo la oportunidad de demostrar sus teorías, terminó por hacer la privatizacion más aberrante de las empresas que habían sido propiedad del estado. Ya se sentía rivalizar con los más encumbrados economistas y hasta se atrevía a corregirlos y darles algunas lecciones en los foros donde, por tanto hablar, le llamaban “la lora”. ¡El hombre era un somnífero “conceptualizando”!

Sus dotes de mago aparecieron cuando se desvanecieron los fondos de la privatización depositados en bancos Off-Shore. Por allá buscarían otros destinos lejos de las cuentas nacionales; se globalizarían también. La suerte le cambió y su memoria comenzó a olvidar al viejo “tutifruti” a bordo de una Land Cruiser blindada “con todas las posibilidades”.

Ya no tenía que “pasar vergüenza” al ir a visitar amigas y amigos, como con el olvidado Tuti.

Esa oportunidad le había llegado cuando las fuerzas reaccionarias le propusieron una alianza para cerrarle el paso al líder político negro del partido blanco y mayoritario, que se candidateaba con un antiguo asociado del líder más aceptado por la oligarquía y más rechazado por las fuerzas liberales de la sociedad. Y fue capaz de llevar a su viejo mentor, líder y guía a reunirse, sin darse cuenta por su avanzado alzhaimer, con su eterno némesis y levantarle las manos en señal de acuerdo y consertación. Proclamaban estar cerrando “el camino malo” y abriendo “el nuevo camino” hacia riquezas que todos los izquierdosos pequeños aburgesados jamás habían soñado. El viejo profesor no les permitía ni siquiera soñar con esas dimensiones de tutumpotes que ahora abrazaban.

La modernidad y el cambio positivo hacia mejores prácticas fueron sus lemas de campaña. Y los sectores juveniles y femeninos de la sociedad en una mayoría abrumadora compraron esa idea de un estado moderno e inclusivo. En una manifestacion de pragmatismo sin parangón, premió a ambos sectores con ministerios que se iban a encargar de desarrollar la utopía huera de funcionarios inútiles, para no hacer nada a nombre de esos sectores; serían como “un cuchillo sin mango al que le falta la hoja”. Nada.

Si a Pepe le andan ofreciendo un millón de dólares por su viejo cepillito, ¿Cuánto le podrían ofrecer al dueño del otro “carretón del pueblo” adornado de colores como un caramelo de varios sabores?

Mientras Pepe se orgullece de su vehículo del pueblo, en el caso local ha sido una historia para olvidar y negar. Porque al haber alcanzado los niveles de riqueza y poder logrados, esas cosas de la carrera por trepar y codearse con elementos de la oligarquía tradicional no eran ya de su agrado. Ya sus niveles de riqueza opacaban las fortunas adquiridas por años de acumulaciones familiares, y las maromas para esquilmar a una sociedad postrada se quisieran borrar.

Él no sólo tuvo el carrito destartalado de cuya existencia no quiere acoradrse como si fuera una mancha, también tuvo el afecto del pueblo rendido al pie de sus promesas que llovian frescas y esperanzadoras, y que hoy, después de una decepcionante docena de años de ejercicio egocéntrico y envilecedor del poder, siente que ha perdido algo que tenía tan seguro, y mira con nostalgia aquellas jornadas donde su gusto era su medida. Antes se deleitaba con las multitudes que ahora les asustan porque le pueden gritar “esas calumnias que le enfurecen”.

Como de un simple asistente legal nunca había pasado, su experiencia de estado era exígua, igual que su deseo de controlar con efectividad el manejo del dinero que como un tsunami impositivo se presipitaba a las arcas del erario por las subidas de impuestos que realizaba al influjo del FMI. En su dilatado ejercicio se relajarían todos los controles administrativos y se cambiarían aquellos que era imposible ignorar. Se colocarían famélicos partidarios al frente de las instituciones que debían alertar, impedir y administrar consecuencias ante las indelicadezas que producía ese deliverado “dejar hacer, dejar pasar”, poniendo de moda la “reingenieria financiera” y el “factoring” debatiendo la moral entre Sun Land y las reservas del banco del estado.

Y florecieron las fortunas que explotaban como fuegos artificiales imposibles de ocultar y que no se podían quemar ni enterrar como las plumas de la gallina que perdiera el vecino. El crecimiento económico cacareado hasta el delirio y apoyado por Rodrigo Rato y Dominique Stauss-Kan, cada uno en su momento, iría a parar a los bolcillos de los arquitectos de la estafa global.

Eran extrañas las fortunas. Pero igual explotaban toda serie de explicaciones que buscarían justificar tantas villas lujosas y cuentas inocultables; el brillo y “la grasa” eran muy visibles. Las explicaciones sustituyeron las consecuencias. Y todo era explicable dentro de una lógica de apropiación y acumulación primaria de capitales personales y de partido.

Y como en un jardín maldito, los testaferros florecieron como gordos nenúfares en un estanque de aguas putrefactas cuyos efluvios nauseabundos se amortiguarían con el olor de los billetes.

Y como por siglos ha aconsejado Niccholo de Maquiavello, su fin ha sido justificado por los medios de comunicación vendidos y comprados con el dinero de la connivencia prevaricada a niveles nunca vistos. Así, se prostituyeron medios y medieros que todavía hoy justifican su “suerte” en los salones diplomáticos y en encumbrados consejos directivos marinados en imparcialidad periodística.

Mientras el país ha venido siendo atacado por intereses que buscan su disolución, su oscurecimiento, el instrumento de defensa diplomática fue prostituído a un nivel más perverso que los medios de comunicación, dejando indefensa la esencia negociadora de la patria en el momento que más lo necesitaba; la diplomacia nacional había quedado al servicio de “un mercader de Venecia”. Y desde los medios prostituidos se erigen muros de traición conveniente a los negocios que han trascendido las fronteras indefensas en el silencio de mercurio sin alas.

Y eso que él tenía, más seguro que el carrito tutifruti, lo ve desvanecerse, mientras, como Alí Babá, rechaza que le llamen por su nombre. Y el eco se esparce desde Manhattan hasta Naco. ¡Voleur, voleur, voleur!, como si saliera desde La Limonade. A la diáspora enfurecida en las calles de Manhattan no la pudieron agredir como agreden sus $inpatizante$ a los también enfurecidos protestantes locales. Y Medios son agredidos, algunos afines a la causa del abuso, igual que los protestantes que se sienten robados pagando los impuestos que tratan de cubrir la corrupción impune y los robos electorales. Y medios ignoran las ocurrencias tratando de cubrirlas con sus fuegos artificales como los que cubren las fortunas y las villas.

Nadie le ofrece comprar el cadáver de su perdida popularidad como le ofrecen a Pepe comprarle el viejo carrito que le acompañará hasta la tumba. Tampoco busca recordar el viejo “tutifruti”, mientras huye fuera de las fronteras tratando de reconstruir los viejos tiempos de las conferencias econámicas en Davos, a donde acudía a venderle hielo a los esquimales, y le dedica un responso al envalsamado cadáver de la OEA, mientras intenta ganar terreno en la feroz lucha que destroza las entrañas de la corporación que preside. Pero allá en Washington la momia no responde y la vocinglería maquiavelosa se desgañita reproduciendo un “éxito” que se atraganta, y lo disfruta como se disfruta una eyeculación precoz.

Al “volki” con sabor a frutas le fallaban los frenos, igual que le desaparecieron los frenos al enriquecimiento de la casta que se ha aposentado cerca del joven abogadito que atronaba la ciudad colonial de ida y venida del bufete que defendía a los sindicatos; los mismos sindicatos que serían absorbidos por el ala purpura que auspiciaba el esmirriado y flacucho muchacho del barrio que surgió en los potreros de Venturita.

Tosía. Se ahogaba, pero el “Volki” no podía subir la cuesta que, desde la universidad del pueblo, subía por la Tiradentes hacia el sector de potentados de La Esparilla. Nublados los ojos por el hambre, apenas podía ver los arañacielos dominicanos que empezaban a erigirse sobre las rocas marinas del farallón emergido allí, y mucho menos iba a sospechar que sus golpes de suerte lo iban a conducir a establecer residencia en una de esas torres que iban a desplegarse por la calle que chorreaba tequila. “Allí sólo viven los narcos y los corruptos que defraudan el presupuesto de la nación”, le había llegado a confiar en los hush-hush de ciertos momenticos de intimidad a uno de sus confidentes, siendo una premonición autocumplida.

El lo tenía. Y lo guardaba con gran celo. Había costado mucho dinero del pueblo, pero él lo atesoraba. Y ahora no puede entender cómo se lo vienen a disputar despues que había gastado tanto dinero para prestárselo a otro cuando la propia ley que él mismo hizo a su medida le impedía seguir controlando todo el poder. Había mantenido la mayor cuota posible, pero en asuntos de imagen no le es posible aceptar que otro gallo cante y que el canto encante a los zoquetes que les gustan sus voces.

El lo tenía y lo quería más que al “tutifruti”, y como al “tutifruti” se lo había llevado el viento del olvido, ahora tiene el temor de que la gente olvide que él puede volver a controlar las nominillas y los bonos de la verguenza. Igual que él olvidó al “tutifruti”.

El lo tenía. Y después de haberlo prestado se ha olvidado que “Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita”. Y que si por alguna casualidad no llega a Najayo, hay un lugar donde el poder no vale y el dinero tampoco. No le sirvió a los faraones ni a los empreadores de olvidadas dinastías orientales, como tampoco les ha de servir a los que hoy se creen monarcas en la isla de la fantasía. Posiblemente valdría más recordar a Tutifruti. A Pepe no le averguenza el viejo carrito que le regalaron sus amigos Tupamaros, porque Pepe no delira con ser aristócrata del proletariado.

No es el príncipe de la corrupción.