¡Aquel himno no es de Leonel!

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Por: Rafael A. Escotto

«La patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie».  José Martí

¿Por qué en 2020 y en pleno siglo XXI aparece el himno de la Revolución de 1965 escrito por Aníbal de Peña como canto de inspiración de un partido político sin poema, sin gloria y sin adalid, como el Partido de los Trabajadores o La Fuerza del Pueblo?

¿Es esto un signo de ausencia de ideales o un estado de incoherencia política?

¿Por qué se quiere llevar a cabo una incautación de una marcha heroica de impresionantes versos como el de la Revolución de 1965 que encarnan el espíritu indómito de un pueblo en una época feliz e infeliz de nuestra historia republicana?

Tampoco sería admisible que el partido La Fuerza del Pueblo apele al himno del 14 de Junio, escrito por Vinicio Echavarría, para intentar enfurecer un pueblo que se halla en una etapa diferente de su acontecer político.

Los franceses no permitirían que su himno nacional La Marsellesa, un símbolo de la resistencia contra la ocupación austriaca, sea sujeto de apropiación indebida para tratar de alentar falsamente la furia de un pueblo.

Tampoco los cubanos aceptarían que su himno, La Bayamesa, compuesto por Pedro Figueredo en 1867, fuera tema de ningún partido político para alentar las masas hacia una revolución donde no existen las condiciones materiales, ni políticas, ni sociales para una rebelión.

A lo mejor los poetas que pudieron haberle escrito un verso revolucionario a La Fuerza del Pueblo fueron colgados y sus corazones quemados y hoy no aparecen ilusionistas de la palabra para encender una revolución.

Lamentablemente el país vive una etapa de su historia donde la revolución de las ideas ha sustituido la revolución de las armas y del sacrificio. Solo quien ha perdido capacidad de convocatoria se aventura a incitar a las masas y, sobre todo, a invocar versos ajenos fuera de tiempo.

Parecería como si algo anduviera mal en el ánimo desesperado del expresidente Leonel Fernández, que perdió su prosa ciceroniana y se ha quedado sin la riqueza ornamental de sus discursos, como aquellas cartas de Cicerón que fueron leídas a Tito Pomponeo Ático que alcanzaron reconocimiento en la literatura europea por su estilo depurado epistolar.

Desafortunadamente el país se ve menguado en su grandeza política de otros tiempos y la elocuencia tribunicia de Juan Pablo Duarte, Eugenio Deschamps, Pedro Henríquez Ureña, Joaquín Balaguer, Juan Bosch, Ramón Emilio Jiménez, Manuel A. Peña Batlle, Rafael F. Bonnelly y de monseñor Fernando Arturo de Meriño brillan por su ausencia.

En el país hay una urgencia de profundizar en los liderazgos políticos cuyo tema la ciencia política no ha querido debatir. Esto daría pie a estimular una discusión sobre esos liderazgos y, en cambio, hemos caído de la excelencia de un monseñor Adolfo Alejandro Nouel o de un Arturo Logroño a una inferioridad tribunicia que lastima el artitismo de la literatura política de un Gabriel A. Morillo.

¿Cómo es posible que un país que está saliendo de la rigidez de una estructura de desarrollo socioeconómico que no le permitía avanzar y estaba estancado como el agua de un pantano que crea un ambiente propicio para el crecimiento de gérmenes que deñan la salud aspire a mantenerse estancado?

¿Cómo es que el hombre dominicano de hoy no alcanza a entender que todo el progreso que se ha podido conseguir no haya sido el esfuerzo de romper con el círculo vicioso que remitía a esta sociedad a una encrucijada en la que cae el ser humano cuando se encuentra en un círculo político y social en que todo conduce al mismo punto de atrasos, pobrezas y aislamiento?

Mientras una parte política lucha para tratar de salir de esa situación, con todos esos afanes, todavía no ha podido deshacerse del viejo liderato político obsoleto y acostumbrado a usar el poder del Estado para sus fechorías.

Lo que parecería un relevo generacional provechoso para el 2020 las señales que el pueblo recibe son otras. Ahora lo que la oposición tiene envuelto es una fusión con Haití, o sea, una bomba de tiempo social, política y cultural inmerecida y quienes están detrás de esta idea funesta parece que quieren hacerlo para que alguien desde afuera del país o dentro de él le ayude a ascender al poder de la nación sin poseer la fuerza para poderlo lograr por sí solo sin comprometer la nación a un desastre social.

El poeta, ensayista, clérigo y planfletero político angloislandés Jonathan Swift dijo: «El poder arbitrario constituye una tentación natural para un príncipe, como el vino o las mujeres para un hombre joven, o el soborno para un juez, o la avaricia para el viejo, o la vanidad para la mujer».

Tratar de apropiarse de un himno que tiene un carácter épico es carecer de estro poético y, sobre todo, de fundamento transformador. Dijo Octavio Paz que «el estratega desea alcanzar la victoria, el poeta componer un himno de insuperable belleza, el ceramista fabricar ánforas perfectas, el comerciante acumular bienes y dinero. ¿Y qué desea el amante? Busca la belleza, la hermosura humana».

Por otro lado, el poeta palestino Maumud Darwish escribió: «La poesía debería ser un himno a la gloria de la vida, debería luchar contra lo feo con la belleza y contra la guerra a través de la paz».